viernes, 22 de febrero de 2013


“Morirás mañana. Escupirán sobre mi tumba”, de Jaime Bayly. Crítica.

Finalmente he llegado a “Escupirán sobre mi tumba” la tercera y última parte de Morirás mañana. En esta ocasión, Javier Garcés, el escritor asesino y protagonista de la obra, viaja a la querida Buenos Aires, ciudad en la que vivo, y no puedo evitar entusiasmarme con su visita.

Se nota que Bayly se empapa en cada una de las culturas a las que hace viajar a su alter ego durante su travesía sanguinolenta. La descripción que hace de los argentinos es por demás acertada. Evidentemente nos conoce. Se percibe que el autor siente una atracción por nuestras costumbres, pero sobre todo por nuestras miserias, que parecen resultarles tan fascinantes como inexplicables.

Ya de entrada se dan situaciones similares a los volúmenes previos (como la presentación de los desafortunados argentinos que habrán de morir y las causas). Hay un tufillo a más de lo mismo. Otra vez. Los malos augurios vuelven, ahora potenciados. Pero cuando todo indica que la tercera saga sí será una repetición de la anterior, me descubro en una situación impensada: estoy riendo a carcajadas. No puedo contener las risotadas. Lloro de risa, sobre todo en la descripción del vecino flatulento como en la escena en que el perro de Lola Repetto orina a Garcés, pero en muchas otras más.


Ahora comprendo que los asesinatos no son más que una excusa, en este tercer libro, para darnos a conocer una serie de anécdotas divertidas que Garcés ha vivido en la Argentina (recomiendo el jugoso encuentro del escritor con Jorge Luis Borges y María Kodama en las calles del centro). Bayly se ha cansado de los crímenes y decide pasearnos por escenas de lo más graciosas y bizarras, mientras nos conduce a un final que le reserva a la sensual Alma Rossi un protagonismo supremo.

Debo reconocer que el hecho de que Garcés se ande paseando (y matando) por las calles que transito todos los días, en las que trabajo, es un condimento especial. También lo es el particular español lleno de argentinismos que hablan los porteños, tal vez algo exagerado, pero definitivamente divertido.

Antes de un desenlace correcto, Bayly hace un repaso de los crímenes perpetrados en los tres volúmenes, y yo le agradezco, porque mi memoria algo olvidadiza había comenzado a flaquear. También resulta pertinente para quienes no han leído alguno de los dos primeros volúmenes. En todo momento el autor ha procurado que en su trilogía no haya un libro indispensable. A dicho fin, tal vez algo reiterarivo, nos recordará una y otra vez a quiénes debe matar, y por qué debe matarlos. Nos proveerá de un contexto adecuado y de información sobre los personajes que nos permitirán comprender la historia incluso cuando hayamos entrado tarde en ella.

Puntajes (escala del 1 al 10)
El escritor sale a matar: 5,5
El misterio de Alma Rossi: 7
Escupirán sobre mi tumba: 7

jueves, 14 de febrero de 2013


Colorado el siete: la historieta que no fue


La historia de “Pino”, el protagonista de Colorado el siete nace en 2004, entre amigos y copas, como un divertimento casi de borrachos. Durante aquellas noches, sin darnos cuenta, fuimos haciendo un guión disparatado, inspirado en un personaje real y conocido por nosotros, al que en realidad no teníamos pensado ponerle dibujo. Era sólo un pasatiempo.

Entonces apareció un aviso en el diario La Nación buscando historietas. Envié un correo electrónico contando de qué venía la mano, aunque sin adjuntar dibujos pues no los teníamos (de hecho, no existían). Di poca importancia al asunto; incluso creo que no lo comenté con los demás. Pasó el tiempo, y cuando ya ni recordaba el tema del aviso, sonó el teléfono en casa. Era Héctor Sanguiliano “Sanyú”, Director de Historietas de Editorial Perfil, y quería conocernos. Nos pusimos a trabajar en los dibujos en forma frenética, y tras un largo periplo (que se cobró a uno de los autores) tuve que hacerme cargo del lápiz, elemento ajeno y desconocido para mis torpes manos con el que tuve que compartir (y rezongar) largas noches. Santiago Ramírez, coautor y hermano de la vida, hizo maravillas con el photoshop.

Finalmente, Santiago y yo nos dirigimos al edificio de la editorial en la calle Chacabuco al 200, y Sanyú nos recibió con un elogio auspicioso: «Ustedes están tan locos que quería conocerlos». A partir de ahí estuvimos trabajando unos cuantos meses, bajo la supervisión de Sanyú, perfeccionado la historieta que habría de salir a partir del tercer número de la revista El mosquito. Incluso firmamos un contrato de exclusividad con la editorial cediendo derechos de la obra, de la venta de merchandising, etcétera. Íbamos rumbo a la fama. Sólo era cuestión de esperar al tercer número de El mosquito para que nuestra creación cobrara vida. Pero El mosquito no voló lejos. Casi que no llegó a picar a nadie. El fracaso en las ventas hizo que luego del segundo número el proyecto se cancelara.

Pino


Pino es (o era) el protagonista de Colorado el site. Es un resentido social. Ha nacido sin culo y se siente terriblemente acomplejado. No hay forma de que los jeans le caigan bien. Carga los bolsillos traseros de sus pantalones con billeteras y pañuelos, pero no hay caso: el jean, en la zona donde debiera estar su culo, flamea impertinente. Es triste decirlo, pero la vida del Pino es un compendio de lamentos y sinsabores, de fracasos. Nuestro personaje de historieta es rechazado por una sociedad hostil, que lo aparta y lo señala con el dedo (no para acusarlo, sino para cagarse de risa). Pino quiere a su culo de vuelta, y va a hacer lo imposible para lograr la cirugía reunificadora...


A continuación, la primera página del primer capítulo de Colorado el siete. Más por venir.



domingo, 10 de febrero de 2013

"Morirás mañana. El misterio de Alma Rossi", de Jaime Bayly. Crítica.


En el segundo libro de la saga, el protagonista Javier Garcés promete seguir a Alma Rossi a Chile, para darle muerte. Convertido definitivamente en asesino, decide aprovechar su paso por el país sudamericano y hacer una nueva contribución a la humanidad toda; matar a otros cinco seres deleznables que no merecen ser parte de este mundo. Confieso aquí que tengo un mal augurio; temo que este segundo volumen sea una repetición del primero. ¡Vaya casualidad! Javier Garcés tiene otras cinco personas que matar en Chile. Sí, claro. No obstante resultan válidos los argumentos presentados para poner fin a la vil existencia de las víctimas. Desde la óptica demencial del protagonista, es cierto que estos tipos merecen morir. Todo tiene sentido al final de cuentas, aunque mis temores no desaparecen...



Sin embargo el bueno de Bayly me engaña, y este segundo volumen no es una copia del primero. A ciencia cierta, esta segunda entrega tiene un aditivo más que interesante: la historia desde la infancia de la misteriosa y deseable Alma Rossi. El relato va y viene de la historia de Rossi a los asesinatos de Garcés; de la acción en los distintos paisajes del país trasandino a las cavilaciones del escritor en el Hotel Ritz.

Voy a hacer un párrafo aparte para la maravillosa descripción que el autor hace de los chilenos en este segundo libro. Me atrevo a decir que vale la pena comprar el libro para leer estas desopilantes páginas en las que Javier Garcés, o tal vez Jaime Bayly, se despacha contra los chilenos y los compara con los habitantes de los países vecinos. Sencillamente grandioso.

Al promediar el segundo volumen de la saga, debo confesar que por primera vez me siento atrapado. Leo con avidez. El personaje de Alma Rossi ha crecido a lo largo de todas estas páginas y ha resignificado al propio Garcés. Morirás mañana va de menor a mayor. Siento que ha valido la pena. Debo leer la tercera entrega.

Continuará...

domingo, 3 de febrero de 2013


“Morirás mañana. El escritor sale a matar”, de Jaime Bayly. Crítica


Juro que no tenía planeado leer a Jaime Bayly. Creo que jamás había pensado en hacerlo hasta que vi ese reportaje en la tele y recordé lo bien que me cae este tipo. Reconozco que el personaje Bayly me resulta enormemente atractivo. Es una de las pocas personas capaces de detener mi zapping frenético durante las comidas. Me gusta mucho como entrevistador, pero mucho más como entrevistado, que es cuando tiene más tiempo de explayarse en sus anécdotas interesantes y sus ocurrencias siempre graciosas. Me parece un tipo de verdad inteligente; lleno de pensamientos sagaces y comentarios divertidos. Me gusta el periodista Jaime Bayly, me gusta más el personaje Jaime Bayly, pero desconozco por completo al narrador. Atrapado efectivamente por el personaje, me dispongo ahora a descubrir a Jaime Bayly, el escritor.

Como siempre voy a mantenerme lo más lejos posible del argumento. Será suficiente decir que a Javier Garcés, afamado escritor peruano, le quedan unos pocos meses de vida y decide aprovecharlos matando a las personas que odia, a los enemigos que ha cosechado a lo largo de su existencia. Va a pasar sus últimos días librando al mundo de unos cinco hijos de puta que son más hijos de puta que él, como el mismo Garcés dice.




El formato de los tres libros (si bien ahora voy a referirme sólo al primero) es más o menos el mismo. Garcés nos presenta a los desdichados que va a matar (hijos de puta para él) y nos dice por qué va a matarlos. Luego comienza con los asesinatos, dejándonos conocer sus pensamientos y haciéndonos parte de la elaboración de la estrategia para matar a cada una de las víctimas. Las escenas de los crímenes son breves, tal vez porque el escritor ya nos ha contado cómo piensa liquidarlos y no quiere aburrirnos, pero ciertamente parecen escritas con desgano.


El argumento central es excelente, sobre todo para la venta del producto, y vale destacar que el libro tiene ritmo desde el comienzo. Sin embargo, se dan algunas situaciones poco creíbles a lo largo del texto, sobre todo durante los crímenes perpetrados por el escritor devenido en asesino. Cuesta creer que el tipo siempre termine tan bien parado después de sus crímenes. Qué me dices si te cuento que para matar a uno de los hijos de puta, Garcés decide embestir el auto de la víctima con su propio coche en medio de una noche apacible y silenciosa, en una zona residencial de Lima, y luego lo mata de un tiro cuando la víctima se baja a recriminarle por el choque. Todavía no consigo creer la ausencia de testigos, sobre todo sabiendo cómo nos asomamos por las ventanas los habitantes de ciudad cada vez que sentimos la colisión de dos carrocerías. Pero si no te afectan estos pequeños deslices argumentales, o si no eres de hacerte preguntas sobre lo posible y lo imposible (y después de todo estamos hablando de ficción) puedes seguir adelante sin cuestionamientos.

En general el libro es llevadero, se deja leer, y nos proporciona un agradable entretenimiento casi de principio a fin (a no ser por la parte en que Garcés lee en el café todos los periódicos de Lima en busca de las repercusiones en la prensa de su último asesinato, que se hace súper larga y tediosa, y es la peor del libro).


En cuanto al uso de la lengua, Bayly narra en primera persona en tiempo presente, lo que personalmente no me resulta atractivo, aunque da al texto un vértigo y un dinamismo particulares. Los pensamientos de Garcés están por todas partes, y son de lo más divertidos. Cabe señalar que a veces estas cavilaciones son algo extensas, al punto de hacer que el lector pierda el verdadero hilo de la historia. Puede que te preguntes más de una vez: “¿y a qué venía esta digresión?” Los diálogos presentan un gran realismo, son creíbles 100%, y resultan por demás efectivos para aquellos lectores que se fatigan rápido de los párrafos largos.




Jaime Bayly putea con estilo, se desenvuelve con maestría en el difícil arte de decir malas palabras. Jaime Bayly es gracioso, es fresco, su adjetivación es disparatada (mi adjetivo favorito en todo el libro es “esperpéntico”). Casi puedo imaginarlo frente a la computadora, escribiendo las líneas que ahora tengo frente a mí, con una sonrisa socarrona en los labios, gozando del cinismo excesivo del que ha dotado a su protagonista. Creo que se ha divertido mucho escribiendo.


La prosa está lejos de ser excelsa, pero sí es dinámica, efectiva. Jaime Bayly (o Javier Garcés) no para un segundo, se atropellan los acontecimientos unos a otros, no hay tiempo de ponernos pensar. El humor y el suspenso ingresan en una espiral que no va a dejar de dar vueltas hasta el final de un relato que nos lleva sin demasiados malos tragos (ni demasiados grandes momentos) a la segunda parte de la saga.


Continuará...

miércoles, 16 de enero de 2013

Homenaje a H. P. Lovecraft

Reproduzco a continuación un texto de mis días de estudiante de Periodismo para la clase del querido maestro Alfredo Serra. Este trabajo me valió un diez, y fue mi sentido homenaje a uno de mis escritores favoritos. 

EL SOÑADOR DE PROVIDENCE
Pese a haber pasado inadvertido por la vida, fue uno de los más grandes escritores fantásticos de todos los tiempos. Vida y obra de un grande.


«Nada ha parecido fascinarme tanto como el pensamiento de alguna curiosa interrupción de las prosaicas leyes de la naturaleza, o alguna intrusión monstruosa en nuestro mundo familiar por parte de cosas desconocidas de los ¡limitados abismos exteriores». Un segundo bastaría para que un lector de libros de terror otorgase un autor a este fragmento. Tal vez, usted necesite asimilar las siguientes líneas.

Howard Phillips Lovecraft, creador de relatos y novelas fantásticas, es uno de los maestros clásicos del cuento de terror del siglo XX. Nació en la ciudad de Providence (Rhode Island, EE.UU.) el 20 de agosto de 1890. Su padre, Winfield Scott Lovecraft, era un viajante juerguista y mujeriego que, cuando Howard tenía tres años, ingresó en el hospital psiquiátrico y falleció poco tiempo después. Muy sensible y de salud delicada, el Soñador de Providence, fue educado por su madre, Susan Phillips, y sus tías. Se crió sobreprotegido, siempre solitario, entre personas mayores y, cuando jugaba con otros niños, le gustaba teatralizar escenas mitológicas, aburriendo a sus compañeros. Lovecraft dice sobre sí mismo: «De chico yo era muy raro y sensible, y prefería la compañía de personas adultas. No podía apartarme un instante de cualquier hoja impresa. A los dos años aprendí el alfabeto, y a los cuatro podía leer fácilmente, aunque cometiendo los más absurdos errores al pronunciar las palabras largas, a las que era tan aficionado. A los cinco años añadía el escribir con tinta a la lista de mis hazañas. Entre mis escasos compañeros de juegos yo era muy impopular, pues insistía en que interpretásemos personajes históricos, o que jugáramos de acuerdo con un plan preestablecido. De este modo, rechazado por los seres humanos, busqué refugio en los libros...»

A la edad de seis años conoció la mitología griega a través de varias publicaciones populares juveniles, y fue profundamente influido por ella. En ciertas arboledas creía vislumbrar faunos y dríadas. Solía construir altares y ofrecer sacrificios a Pan, Diana, Apolo y Minerva. De este período datan sus primigenios ensayos literarios: «La primera pieza que puedo recordar fue un cuento sobre una cueva horrible, titulado <El noble fisgón>. Éste no ha sobrevivido, aunque todavía poseo dos hilarantes esfuerzos del año posterior».

Poco tiempo después, Howard adquirió un fuerte interés por las ciencias. Primero la química. A continuación, la geografía, con una extraña fascinación centrada en el continente antártico y otros reinos inexplorados. Finalmente lo eclipsó la astronomía. Al promediar su duodécimo cumpleaños comenzó a publicar un periódico hectografiado titulado <The Rhode Island Journal Of Astronomy>, y luego (a los dieciséis) irrumpió en una publicación de la prensa local, colaborando con artículos mensuales sobre fenómenos de actualidad.

En la secundaria, a la que pudo asistir con cierta regularidad, produjo por primera vez historias fantásticas con algún grado de coherencia y seriedad. «Eran en gran parte basura, y destruí la mayoría a los dieciocho, pero una o dos probablemente alcanzaron el nivel medio del pulp. De todas ellas he conservado solamente <La bestia de la cueva> y <El alquimista>».
Lovecraft según Borges
Borges emitió su más célebre juicio sobre Lovecraft en el epílogo del Libro de Arena:

«El destino que, según es fama, es inescrutable, no me dejó en paz hasta que
perpetré un cuento póstumo de Lovecraft, escritor que siempre he juzgado como un
parodista involuntario de Poe. Acabé por ceder; el lamentable fruto se titula
There Are More Things.»


Borges siempre fue amigo de la provocación y de la polémica. Pero, en esta
ocasión fue tan injusto con su víctima como consigo mismo:
There Are More Things
está muy lejos de ser un cuento lamentable.

A causa de las repetidas malas jugadas de su salud, Lovecraft no pudo asistir a la universidad. Continuó los estudios informales en su casa y fue influido por un tío médico notablemente erudito. En esos años viró de la ciencia a la literatura, especializándose en los productos de aquel siglo XVIII del cual tan extrañamente se sentía parte.

En 1914 descubrió la United Amateur Press Association y se unió a ella. La importancia de este hecho apenas puede estimarse: «El contacto con los variados miembros y críticos me ayudo infinitamente a rebajar los peores arcaísmos y las pesadeces de mi estilo», dice Howard. Fue allí, en las filas del amateurismo organizado, donde le aconsejaron retomar la escritura fantástica; paso que se concretó en 1917 con la producción de <La tumba> y <Dagon>, ambos publicados después en Weird Tales. También por medio del amateurismo se establecieron los contactos que posibilitaron su primera publicación profesional, cuando Home Brew publicó un horroroso serial titulado <Herbert West - Reanimator>.

Hacia 1919, el descubrimiento de Lord Dunsany dio un enorme impulso a su escritura, y sacó material en mayor cantidad que nunca antes o después. Pero su mayor hallazgo llegó recién en 1923. Para ese entonces, el joven Howard no estaba publicando (se ganaba la vida como corrector de estilo) y la aparición de la revista Weird Tales le abrió una válvula de escape de considerable regularidad. Aunque la mayoría de sus cuentos pasaron inadvertidos para el gran público, hubo quienes se interesaron en ellos y escribieron al autor. De a poco se fue creando el que más tarde se llamaría <Círculo de Lovecraft>: un grupo de escritores fantásticos que aportaba ideas comunes para sus relatos.

En esta época, Howard conoció a Sonia Greene, una reportera diez años mayor que él. Tras la muerte de su madre, en 1924, se casó con ella y se fue a vivir a Brooklyn. El matrimonio duro sólo dos años. Según Lovecraft, la ruptura se produjo a causa de «dificultades económicas más crecientes divergencias en cuanto a aspiraciones y necesidades». Entonces Lovecraft volvió a Providence y se dedicó a escribir, a leer, a investigar la historia de Nueva Inglaterra. Hizo algunos pocos viajes y, sintiéndose definitivamente fracasado en el mundo, se hundió de nuevo en su antigua misantropía que, en realidad, nunca le había abandonado del todo. Murió de cáncer intestinal e insuficiencia renal el 15 de marzo de 1937, en el Jane Brown Memorial Hospital de Providence. Tenía 47 años.

Arkham House
Lovecraft había abandonado el mundo terrenal. Muy pocos lo recordaban. Entre ellos, sus amigos y admiradores (sobre todo August Derleth y Donald Wandrei), quienes se dedicaron a recopilar sus cuentos dispersos o inéditos y a publicarlos. En torno a la naciente leyenda de Lovecraft crearon la editorial Arkham House, cuyo mismo nombre está tomado de la imaginaria ciudad donde aquél situó varios de sus relatos. La editorial tuvo un éxito cada vez mayor, Lovecraft fue saliendo del olvido en que vivió y aparecieron infinidad de imitadores. Al popularizarse su obra, empezó también a desarrollarse su leyenda de rondador de cementerios, de sabedor de secretos prohibidos, de practicante de cultos abominables. Los americanos -dice Maurice Lévy- quisieron explicar los monstruos de Lovecraft haciendo de éste un monstruo.

Los Mitos de Cthulhu
La Enciclopedia Británica define el tema de los Mitos de Cthulhu como «la dislocación del tiempo y del espacio, que incluye seres horrorosos de origen extraterrestre». Para Rafael Llopis, es «el ciclo de narraciones de horror cósmico ambientadas en mundos primitivos de caos y espanto.»
El libro maldito
No podía faltar la «Biblia de los Mitos». Se trata del famoso tratado de magia negra y conjuros potentosos,
denominado
Necronomicon
escrito por el poeta árabe Abdul Alhazred en el año 700 en Damasco, que llegó a occidente por medio de traducciones al griego y al latín. Este libro es terriblemente peligroso (se
afirma que leerlo produce insania), y se lo mantiene bajo llave en muy pocas
bibliotecas como la del Vaticano, el British Museum, o en la de la Universidad de
Buenos Aires. Este arcano maldito, que posee las claves para permitir el regreso
triunfal del temido dios del mal, Cthulhu, es el fundamento teórico de los Mitos.

Su invención corresponde a Howard Phillips Lovecraft. El primero de sus relatos pertenecientes a este ciclo es <La ciudad sin nombre> -1921-, que todavía conserva el estilo dunsaniano de su juventud. A partir de <La llamada de Cthulhu> -1926-, los Mitos adquieren su forma adulta y definitiva, en colaboración con todo el Círculo de Lovecraft. Cada miembro puso su granito de arena: uno inventó un nuevo dios; otro, un nuevo libro de oscuro saber olvidado; aquél de allá, una situación, un detalle, un ambiente.

Todos estos cuentos tienen un protagonista de costumbres solitarias y aficiones ocultas, muchos de ellos estudiantes de arqueología, profesores universitarios, o simplemente parientes de alguien que les deja entre su herencia pistas de los dioses primordiales, y así se ven involucrados en extraños sucesos. En estos momentos, el protagonista suele emprender un viaje y entonces Lovecraft despliega todo su arsenal escenográfico, con el fin de lograr efectos opresivos en el lector. Nadie mejor que el propio creador de los Mitos, para sintetizar el asunto: «Todos mis relatos, por muy distintos que sean entre sí, se basan en la idea central de que antaño nuestro mundo fue poblado por otras razas, que por practicar la magia negra, perdieron sus conquistas y fueron expulsadas, pero viven aún en el exterior, dispuestas en todo momento a volver a apoderarse de la tierra.»

por Martín Zeleznik

lunes, 31 de diciembre de 2012


Ranking 2012: Lo mejor y lo peor
 
Ahora que el 2012 llega a su fin, he decidido echar un vistazo a mi e-reader y a mi biblioteca (a pesar de estar enamorado de mi dispositivo todavía disfruto del papel) para ver qué libros leí en el año. No voy a hacer una crítica de cada uno, ya que mi memoria es algo frágil y los detalles se han disipado con rapidez. Sin embargo, sí recuerdo cuáles me gustaron y cuáles no, y las sensaciones que me dejaron. Voy a dividirlos entonces de la siguiente manera:

Lo mejor

1. «Los días del venado», de Liliana Bodoc.
2. «Los días de la sombra», de Liliana Bodoc.
3. «Los días del fuego», de Liliana Bodoc.

Lo mejor que me pasó este año, como lector, fue descubrir a Liliana Bodoc, escritora argentina, creadora de la genial trilogía de «La saga de los confines». Estos tres libros, que devoré uno tras otro, me permitieron zambullirme en una historia épica y fantástica maravillosa, repleta de personajes entrañables y simbolismos, que me hizo vibrar a cada vuelta de página por lo que pudiera sucederle al Venado. Súper recomendables los tres libros. Literatura 100% gratificante, con una prosa excelsa, exquisita, parecida a la música. Durante este año que agoniza apareció «Oficio de Búhos», también de Liliana Bodoc, un libro de cuentos que viene a complementar «La saga de los confines». Está en mi lista de libros a leer, y tengo muchas expectativas puestas en él.



4. «El resplandor», de Stephen King.
5. «Maleficio», de Stephen King.
6. «El misterio de Salem's Lot», de Stephen King.

Siempre que no sepas qué leer y quieras asustarte en serio, puedes recurrir a Stephen King. Nunca falla. Sin alcanzar el nivel escalofriante de «It», creo que las citadas son tres grandes obras.

Lo peor

7. «La monja sangrienta y otros relatos», Charles Nodier.
8. «El castillo de Otranto», de Horace Walpole.
9. «Demonio de libro», de Clive Barker.

A pesar de haberme defraudado, pude alcanzar (no sin esfuerzo) el punto final de estos tres textos. La combinación de los fantasmas atemorizantes y el castillo tenebroso en «El castillo de Otranto» resulta infantil para el lector moderno, sobre todo cuando los primeros no atemorizan y el segundo no es del todo tenebroso. Sin embargo, no seré yo quien le quite mérito como precursor de la novela gótica. Si eres un amante del género, debes conocer el texto que lo inauguró. Yo lo hice, tal vez algo obligado. Y si quieres saber qué pienso del vomitivo «Demonio de libro» puedes verlo en mi anterior entrada.

Lo que no fue

No sé si es bueno o malo dejar un libro a medio camino. Algunos sostienen que cuando las primeras páginas no consiguen engancharte, lo mejor que puedes hacer es dejar de lado el libro y tomar otro. Yo lo vivo como un pequeño fracaso, por eso a veces intento seguir adelante, tal vez más de lo recomendable. Es cierto que hay libros que “arrancan lento” y después se ponen buenísimos, pero dependerá de la tenacidad del lector arriesgarse a continuar cuando lo único que ve es desierto. En cualquier caso, hubo algunos libros que no pude terminar y debí abandonarlos, unos cerca del comienzo y otros algo más avanzados.

10. «El Guardavías y otros cuentos de fantasmas», de Charles Dickens. Es difícil dejar a mitad de camino un libro de cuentos pues las esperanzas se renuevan constantemente, pero yo lo hice al cabo de unas pocas desilusiones.
11. «Safo de Lesbos», de Peter Green. Tal vez mi mente podrida buscaba algo de erotismo y no lo encontró (al menos en las primeras páginas).
12. «El culto del gato», de Nicholas Saunders. Mi fascinación por los gatos, a los que siempre consideré tan entrañables como enigmáticos, no llegó a tanto.
13. «Los siete locos», de Roberto Arlt. Sé que no es políticamente correcto haber abandonado este libro, y menos decirlo aquí, pero no pude superar el tedio de las primeras páginas.

 

martes, 25 de diciembre de 2012

"Demonio de libro" de Clive Barker. Crítica.


Si no has leído «Demonio de libro» de Clive Barker, puedes estar tranquilo, no voy a contarte el final, ni siquiera su trama. Acabo de terminarlo hace unas ocho horas, y sólo pretendo a vomitar mis impresiones ahora que están latentes.


En primer lugar debo reconocer que llegué a «Demonio de libro» por el agradable recuerdo que habían dejado en mí los «Libros sangrientos». Aclarar esto es importante pues las expectativas depositadas en el autor eran muchas desde que había terminado los tres primeros volúmenes de la obra citada y lo cierto es que me habían quedado muchas ganas de volver a Barker. Recordaba a Barker como a la chica del primer beso.


¿Qué siento ahora que he terminado? Siento como si después de conducir un coche lindo y confortable me hubieran obligado a subir un auto viejo, destartalado, sin dirección hidráulica ni aire acondicionado, y rodarlo un largo rato en una carretera polvorienta y desigual. Durante todo el trayecto sentí cansancio, ganas de bajarme. ¡Cuántas ganas de bajarme tuve! Y estuve por hacerlo varias veces, pero me obligué a llegar a destino, sólo por el nombre del autor.

¿Qué le pido a un libro de terror? Siempre, invariablemente, le pido que me asuste. Puede sonarte estúpido, pero sí, pido a un libro de terror y a un autor de terror que me asusten, al menos que me inquieten. Le pido al escritor que haga bien su trabajo. «Demonio de libro» no llegó a asustarme una sola vez. Soy un lector acostumbrado al género, indulgente con sus lugares comunes; sé dejarme llevar, entregarme a los climas y las escenas cuando están bien construidas. Y sobre todo me gusta el miedo y soy susceptible al miedo. Pues bien, Clive Barker no ha logrado asustarme esta vez, ni siquiera un poco.

El hechizo del demonio hablando directamente al lector se diluye en unas cuantas páginas, y el recurso que funciona de maravillas para la venta del libro, se vuelve estéril a escasos metros de la línea de partida. Las amenazas de Jakabok Botch (el demonio-autor) se repiten a lo largo de todo el texto, sus súplicas constantes al lector «Quema este libro, Quema este libro, Quema este libro... » se llevan una porción importante de la obra. La interacción del demonio-autor con el lector es más o menos siempre la misma, y es la excusa para que el narrador nos proporcione los diversos fragmentos de su transitar desafortunado y poco interesante entre la raza humana.

La debilidad de la historia y la falta de empatía hacia los personajes, sobre todo hacia Botch, hacen que el lector no se inquiete por lo que pueda acontecerle al protagonista en sus desventuras. Existen otros dos personajes importantes en la novela: el insípido Quitoon, el demonio-tutor-amante de Botch, y tú, que pasas gran parte de la obra vacilando entre seguir leyendo o quemar el libro. En mi caso, leyendo desde un costoso e-reader, créeme que nunca pensé en hacerlo.

No estoy en contra del lenguaje explícito y truculento, y las descripciones sangrientas no me asustan, pero creo que por sí solas, como único recurso generador de morbo, resultan patéticas. «Demonio de libro» está plagado de estas intervenciones explícitamente fallidas. Es como si hubiera sido el único recurso del que Barker dispusiera para generar escozor. Como si alguien le hubiera dicho «esto es lo que tienes Barker: “entrañas, vejigas, e intestinos”. Sé que puedes asustarlos con eso». Leer la palabra «excremento» ocho veces, «producto de mis intestinos» algunas otras, en las 256 páginas del texto no resulta atrayente a mis ojos sin algo que lo justifique. Si quieres ver una escena llena de sangre y entrañas maravillosamente contada, puedes verla en «Crónica de una muerte anunciada» pero no en «Demonio de libro.»

El conflicto Bien vs. Mal, Cielo vs. Infierno, un recurso siempre efectivo e inagotable, se plantea cuando el lector ya está cabeceando de sueño, cuando el tanque de gasolina está vacío y el auto avanza a puro impulso y hasta casi no importa qué pueda suceder con todo eso. Y de hecho nada sucederá.

Espero no haber arruinado tus ganas de leer «Demonio de libro». Recuerda que no son más que impresiones personales. Por mi parte, le daré una nueva oportunidad a Clive Barker, aunque no de inmediato. Ya tengo elegido mi próximo libro.