Si no has leído «Demonio de libro» de Clive Barker, puedes estar tranquilo, no voy a contarte el final, ni siquiera su trama. Acabo de terminarlo hace unas ocho horas, y sólo pretendo a vomitar mis impresiones ahora que están latentes.
En primer lugar debo reconocer que
llegué a «Demonio de libro» por el agradable recuerdo que habían
dejado en mí los «Libros sangrientos». Aclarar esto es importante
pues las expectativas depositadas en el autor eran muchas desde que
había terminado los tres primeros volúmenes de la obra citada y lo
cierto es que me habían quedado muchas ganas de volver a Barker.
Recordaba a Barker como a la chica del primer beso.
¿Qué siento ahora que he terminado? Siento como si después de conducir un coche lindo y confortable me hubieran obligado a subir un auto viejo, destartalado, sin dirección hidráulica ni aire acondicionado, y rodarlo un largo rato en una carretera polvorienta y desigual. Durante todo el trayecto sentí cansancio, ganas de bajarme. ¡Cuántas ganas de bajarme tuve! Y estuve por hacerlo varias veces, pero me obligué a llegar a destino, sólo por el nombre del autor.
¿Qué le pido a un libro de terror? Siempre, invariablemente, le pido que me asuste. Puede sonarte estúpido, pero sí, pido a un libro de terror y a un autor de terror que me asusten, al menos que me inquieten. Le pido al escritor que haga bien su trabajo. «Demonio de libro» no llegó a asustarme una sola vez. Soy un lector acostumbrado al género, indulgente con sus lugares comunes; sé dejarme llevar, entregarme a los climas y las escenas cuando están bien construidas. Y sobre todo me gusta el miedo y soy susceptible al miedo. Pues bien, Clive Barker no ha logrado asustarme esta vez, ni siquiera un poco.
El hechizo del demonio hablando directamente al lector se diluye en unas cuantas páginas, y el recurso que funciona de maravillas para la venta del libro, se vuelve estéril a escasos metros de la línea de partida. Las amenazas de Jakabok Botch (el demonio-autor) se repiten a lo largo de todo el texto, sus súplicas constantes al lector «Quema este libro, Quema este libro, Quema este libro... » se llevan una porción importante de la obra. La interacción del demonio-autor con el lector es más o menos siempre la misma, y es la excusa para que el narrador nos proporcione los diversos fragmentos de su transitar desafortunado y poco interesante entre la raza humana.
La debilidad de la historia y la falta de empatía hacia los personajes, sobre todo hacia Botch, hacen que el lector no se inquiete por lo que pueda acontecerle al protagonista en sus desventuras. Existen otros dos personajes importantes en la novela: el insípido Quitoon, el demonio-tutor-amante de Botch, y tú, que pasas gran parte de la obra vacilando entre seguir leyendo o quemar el libro. En mi caso, leyendo desde un costoso e-reader, créeme que nunca pensé en hacerlo.
No estoy en contra del lenguaje explícito y truculento, y las descripciones sangrientas no me asustan, pero creo que por sí solas, como único recurso generador de morbo, resultan patéticas. «Demonio de libro» está plagado de estas intervenciones explícitamente fallidas. Es como si hubiera sido el único recurso del que Barker dispusiera para generar escozor. Como si alguien le hubiera dicho «esto es lo que tienes Barker: “entrañas, vejigas, e intestinos”. Sé que puedes asustarlos con eso». Leer la palabra «excremento» ocho veces, «producto de mis intestinos» algunas otras, en las 256 páginas del texto no resulta atrayente a mis ojos sin algo que lo justifique. Si quieres ver una escena llena de sangre y entrañas maravillosamente contada, puedes verla en «Crónica de una muerte anunciada» pero no en «Demonio de libro.»
El conflicto Bien vs. Mal, Cielo vs. Infierno, un recurso siempre efectivo e inagotable, se plantea cuando el lector ya está cabeceando de sueño, cuando el tanque de gasolina está vacío y el auto avanza a puro impulso y hasta casi no importa qué pueda suceder con todo eso. Y de hecho nada sucederá.
Espero no haber arruinado tus ganas de leer «Demonio de libro». Recuerda que no son más que impresiones personales. Por mi parte, le daré una nueva oportunidad a Clive Barker, aunque no de inmediato. Ya tengo elegido mi próximo libro.
¿Qué siento ahora que he terminado? Siento como si después de conducir un coche lindo y confortable me hubieran obligado a subir un auto viejo, destartalado, sin dirección hidráulica ni aire acondicionado, y rodarlo un largo rato en una carretera polvorienta y desigual. Durante todo el trayecto sentí cansancio, ganas de bajarme. ¡Cuántas ganas de bajarme tuve! Y estuve por hacerlo varias veces, pero me obligué a llegar a destino, sólo por el nombre del autor.
¿Qué le pido a un libro de terror? Siempre, invariablemente, le pido que me asuste. Puede sonarte estúpido, pero sí, pido a un libro de terror y a un autor de terror que me asusten, al menos que me inquieten. Le pido al escritor que haga bien su trabajo. «Demonio de libro» no llegó a asustarme una sola vez. Soy un lector acostumbrado al género, indulgente con sus lugares comunes; sé dejarme llevar, entregarme a los climas y las escenas cuando están bien construidas. Y sobre todo me gusta el miedo y soy susceptible al miedo. Pues bien, Clive Barker no ha logrado asustarme esta vez, ni siquiera un poco.
El hechizo del demonio hablando directamente al lector se diluye en unas cuantas páginas, y el recurso que funciona de maravillas para la venta del libro, se vuelve estéril a escasos metros de la línea de partida. Las amenazas de Jakabok Botch (el demonio-autor) se repiten a lo largo de todo el texto, sus súplicas constantes al lector «Quema este libro, Quema este libro, Quema este libro... » se llevan una porción importante de la obra. La interacción del demonio-autor con el lector es más o menos siempre la misma, y es la excusa para que el narrador nos proporcione los diversos fragmentos de su transitar desafortunado y poco interesante entre la raza humana.
La debilidad de la historia y la falta de empatía hacia los personajes, sobre todo hacia Botch, hacen que el lector no se inquiete por lo que pueda acontecerle al protagonista en sus desventuras. Existen otros dos personajes importantes en la novela: el insípido Quitoon, el demonio-tutor-amante de Botch, y tú, que pasas gran parte de la obra vacilando entre seguir leyendo o quemar el libro. En mi caso, leyendo desde un costoso e-reader, créeme que nunca pensé en hacerlo.
No estoy en contra del lenguaje explícito y truculento, y las descripciones sangrientas no me asustan, pero creo que por sí solas, como único recurso generador de morbo, resultan patéticas. «Demonio de libro» está plagado de estas intervenciones explícitamente fallidas. Es como si hubiera sido el único recurso del que Barker dispusiera para generar escozor. Como si alguien le hubiera dicho «esto es lo que tienes Barker: “entrañas, vejigas, e intestinos”. Sé que puedes asustarlos con eso». Leer la palabra «excremento» ocho veces, «producto de mis intestinos» algunas otras, en las 256 páginas del texto no resulta atrayente a mis ojos sin algo que lo justifique. Si quieres ver una escena llena de sangre y entrañas maravillosamente contada, puedes verla en «Crónica de una muerte anunciada» pero no en «Demonio de libro.»
El conflicto Bien vs. Mal, Cielo vs. Infierno, un recurso siempre efectivo e inagotable, se plantea cuando el lector ya está cabeceando de sueño, cuando el tanque de gasolina está vacío y el auto avanza a puro impulso y hasta casi no importa qué pueda suceder con todo eso. Y de hecho nada sucederá.
Espero no haber arruinado tus ganas de leer «Demonio de libro». Recuerda que no son más que impresiones personales. Por mi parte, le daré una nueva oportunidad a Clive Barker, aunque no de inmediato. Ya tengo elegido mi próximo libro.


"Quema este libro.
ResponderEliminarVamos. Rápido, mientras aún quede tiempo. Quémalo".
Así, con estas provocadoras palabras comienza Demonio de Libro, y maldito el momento que no hice caso.
Es aburrido, no daría miedo ni a un niño de ocho años y parece mentira que esté escrito por uno de los maestros del género. Clive Baker ha conseguido escribir una muy mediocre e infantiloide novela juvenil.
Poco más añadiré, ya que cualquier comentario de más que pueda hacer irá en la misma línea crítica, así que remataré mi opinión de manera rotunda, y diré que el título más acertado para este libro sería "Mierda de libro".
Una pérdida de tiempo.
"Quema este libro.
ResponderEliminarVamos. Rápido, mientras aún quede tiempo. Quémalo".
Así, con estas provocadoras palabras comienza Demonio de Libro, y maldito el momento que no hice caso.
Es aburrido, no daría miedo ni a un niño de ocho años y parece mentira que esté escrito por uno de los maestros del género. Clive Baker ha conseguido escribir una muy mediocre e infantiloide novela juvenil.
Poco más añadiré, ya que cualquier comentario de más que pueda hacer irá en la misma línea crítica, así que remataré mi opinión de manera rotunda, y diré que el título más acertado para este libro sería "Mierda de libro".
Una pérdida de tiempo.